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MIEDO DEL BUENO

Llegué al cine a ver “El Conjuro” algo desanimado. No me gustaba haber oído elogios excesivos: el consenso es mal indicador y genera sobre expectativas

También me desmotivaba que esté “basada en hechos reales”, porque esa mención hoy es solo un cliché falaz, un gancho publicitario. Además estaba el problema del rubro: han sido tan pero tan malas las últimas películas de terror comerciales que han dañado seriamente al género; hace unos días nomás anunciaron un bodrio que ya desde el título evidencia su sinsentido: “El último exorcismo 2”.

Pero a favor de “El Conjuro” estaba su director,  James Wan, el mismo talentoso malayo de 36 años que ya antes había conseguido dañar mi sistema nervioso con “Saw: el Juego de la Muerte” (2004) y su experimental “Insidious” (2010). Esos antecedentes eran razón suficiente para darle una oportunidad a la tan promocionada historia de los Warren, los Perron y las sombras demoníacas de Rhode Island.   

Como siempre, me senté en una butaca de la fila cinco —al lado de mi novia asustadiza y de una vieja parlanchina que ojalá haya soñado varios días con la muñeca Anabelle—.  Una vez iniciada la cinta bastaron pocos minutos para tener la inconfundible impresión de estar aventurándome en el lento, amenazador viaje de una montaña rusa mezclada con tren fantasma: presunción de vértigo, pánico enquistado en el abdomen, fluida sudoración de los sobacos. Eran los escozores del horror.

A esas manifestaciones siguieron dos efectos secundarios que se prolongarían hasta el final: ingesta ansiosa de canchita y súbitos deseos de micción (deseos que, entre nos, reprimí porque el camino al baño lucía muy oscuro). 

La película es genial, salvo por ese final familiar digno de Plaza Sésamo. Con todo, hay que agradecerle al joven Wan por narrar bien su historia y permitirnos a los masoquistas sentir eso que últimamente solo habíamos sentido en las conferencias del premier Jiménez: miedo del bueno

Renato Cisneros.